Y esto diciendo, sostuvo á mi ahijada, que casi se me escapó de los brazos.
Con unas pobres palabras humanas, yo no pude expresar el efecto extraño que hizo en mis nervios, la voz, el aire y la tonada de aquella revelación.
No sentí lo que se siente en presencia de una profanación; no experimenté lo que se experimenta ante un sacrilegio; no me conmoví como cuando un sortilegio nos llena de estúpida superstición. Sentí y experimenté una impresión fenomenal, me conmoví de una manera diabólica, como en la infancia me imaginaba que se estremecía el diablo cuando le echaban agua bendita.
Mi ahijada María, la hija de Mariano Rosas, está ligada á los recuerdos de mi vida, por una impresión tan singular, que su vestido y sus botas me hacen todavía el efecto de un cauchemar.
Yo no puedo ya ver una Virgen sin que esos atavíos sarcásticos se presenten á mi imaginación. Tengo el retrato de mi ahijada como cristalizado en el cerebro, y el vozarrón del bandido que me sacó de dudas me zumba al oído todavía. Hay ecos inolvidables. Son como el rugido del mar cuando, silbando el viento, azota encrespado la pedregosa orilla. Se le oye una vez en la vida y no se le olvida jamás.
Terminados los bautismos, el padre Marcos dirigió á las madres de los recién cristianizados un breve sermón, exhortándolas á educar á sus hijos en la ley de Jesucristo, único modo de que ganaran el cielo después de la muerte.
Todos quedaron muy alegres y contentos y me agradecieron el favor que acababan de merecer, debido á mí.
—¡Ah! ¡si no fuera por usted, señor, qué habría sido de nosotras!—me dijeron varias mujeres.
Yo fuí padrino de cuatro criaturas, inclusive la hija de Mariano Rosas. Poco tenía para obsequiar á mis ahijados y ahijadas. Pero como cuando hay deseo y buena voluntad nunca falta algo con qué manifestarlo, con todos ellos quedé bien.
Deshicimos el altar, guardamos los ornamentos y en seguida nos fuimos al toldo de Mariano Rosas.