Nos esperaba con el almuerzo pronto.

Estaba plácido como nunca.

—Ya somos compadres, hermano—me dijo:—ahora usted dirá cómo nos hemos de tratar.

—Compadre—le contesté,—como antes, no más, de hermanos.

—Es lo mismo, le doy las gracias—repuso,—y dirigiéndose á los frailes, añadió: ¿muchos cristianos ahora aquí, eh?

—Es verdad—le contestaron,—¡Dios los ayude á todos!

Sirvieron el almuerzo, almorzamos y nos despedimos para retirarnos.

Yo antes de salir le dije á mi compadre:

—Esta tarde acabaremos de conversar.

—Cuando guste—me contestó.