¡Pobre humanidad!

XXII

Se acerca la hora de partida.—Desaliento de Macías.—El negro del acordeón y un envoltorio.—Era un queso.—Calixto Oyarzábal anuncia que hay baile.—Baile de los Indios y de las chinas.—En un detalle encuentro á los Indios menos civilizados que nosotros.

Macías veía llegar la hora de mi partida, y con suspiros y monosílabos me hacía comprender que iba perdiendo hasta la esperanza.

Me senté en el fogón y él se puso á mi lado.

Yo estaba de muy buen humor, quizá porque al día siguiente pensaba rumbear para la querencia. Somos así, versátiles aun en medio de la felicidad. Todo es poco, nada nos sacia. Y sólo tarde, muy tarde, comprendemos que en este mundo sublunar, los que lo han pasado mejor son los que contentos con el presente no se han apurado nunca por nadie ni por nada; los que estrechando el horizonte de sus miradas, limitando sus aspiraciones y sacudiendo la férula de las exigencias sociales, han subjetivado la vida hasta el extremo de identificarse con su frac.

¡Ah! cuántos á quienes estériles combates consumieron; cuántos que despiertos ó dormidos tuvieron visiones de amor, de odio, de gloria, de orgullo, de riqueza, de envidia, de miedo, olvidando que velar es soñar de pie y que el sueño no es más que el noviciado de la muerte, cuántos de ésos, decía, no habrían sido más dichosos si al fin de la jornada hubiesen podido exclamar:

«Sois-moi fidèle ô pauvre habit que j'aime!
Ensemble nous devenons vieux.
Depuis dix ans je te brosse moi même.
Et Socrate n'eût pas fait mieux.
Quand le sort á ta mince étoffe
Livrerait de nouveaux combats,
Imite-moi résiste en philosophe.
Mon vieil ami, ne nous séparerons pas.» [3]

Yo reía, charlaba, jaraneaba con todos los que rodeaban el fogón, en el que un apetitoso asado se doraba al calor de abundante leña.