El triste prisionero, taciturno, reconcentrado, sombrío como la imagen de la desesperación, me echaba de vez en cuando miradas furtivas.

Quería decirme algo y no se atrevía; quería hacerme un reproche y no hallaba palabras adecuadas; sus pensamientos fluctuaban, como algas marinas entre opuestas corrientes; iba á hablar y callaba; sus ojos brillaban, sin rencor; pero sus labios comprimidos revelaban claramente que balbuceaba una ironía.

—¿En qué piensas?—le dije.

—En que estás muy alegre—me contestó.

—El que se aflige se muere—repuse.

—¡Ah! tú te vas, yo me quedo.

—Ya te he dicho que nunca es tarde cuando la dicha es buena—le contesté.

—¡Cómo ha de ser!—volvió á exclamar y levantándose de improviso se quiso marchar.

En ese momento Calixto Oyarzábal, tomando el asador, poniéndolo horizontalmente y raspando el asado con un cuchillo para quitarle la ceniza, dijo: