—Ya está, mi Coronel.
—¡Á comer, caballeros!—grité yo á mi vez, y dirigiéndome á Macías, le dije: Ven, hombre, come; sobra tiempo para ahorcarse de desesperación.
Volvió sobre sus pasos, se sentó nuevamente á mi lado, sacó su cuchillo, y como el asado incitaba, siguiendo los usos campestres de la tierra, cortó una tira.
Una olla de puchero hervía, rebosando de choclos y zapallo angola.
Acabamos con el asado y en un santiamén con ella.
Íbamos á tomar el mate de café, no teniendo postre, cuando el negro del acordeón se presentó, trayendo una cosa en la mano envuelta en un trapo.
—¡El acordeón!—dije, para mis adentros, me espeluzné y con aire y voz imperativa:
—¡Fuera de aquí, negro!—le grité, antes que desplegara los labios.
—Mi amo—contestó sonriéndose,—si vengo solo.
—¿Y eso?—le pregunté, señalándole la cosa que traía envuelta.