—Esto—repuso, mostrando dos filas de hermosos dientes, tan blancos y tan iguales que me dieron envidia,—esto, ¡es un queso!

—¡Un queso!

—Sí, mi amo, y se lo manda el General á su mercé para que lo coma en nombre de su ahijada, la niña María.

Y esto diciendo, desenvolvió el queso y lo puso en mis manos.

—Dile á mi hermano que le doy las gracias—le dije, y haciéndole una indicación con la mano, agregué:—¡Vete!

Obedeció, y así que estuvo á cierta distancia, me preguntó con malicia:

—¿Quiere su mercé que vuelva con el instrumento?

Le contesté con un caracú que estaba á mano, en medio de una explosión de risa de los circunstantes.

—Y está de baile—dijo Calixto.