—¿De baile?—le pregunté.

—Sí, mi Coronel.

—¿Y dónde hay baile?

—Allí en un toldo—dijo señalándolo.

—Pues probemos el queso, tomemos el café y vamos á ver el fandango aunque haya acordeón y negro.

Despachamos todo, mandé á Calixto á averiguar á qué hora era el baile y volvió diciendo que ya iba á empezar.

Dejamos el fogón y nos fuimos á ver la fiesta.

Era lo único que me faltaba.

Mi reloj marcaba las cuatro, las cuatro de la tarde, bien entendido.

Los indios, más razonables que nosotros, duermen de noche y se divierten de día.