Confundía los hechos reales con las visiones; me parecía que había soñado con mi comadre Carmen, con Epumer y el negro del acordeón, y que lo que había visto en sueños era verdad.
Amanecía; la luz del crepúsculo entraba en el rancho por sus innumerables agujeros y lo iluminaba con fantásticos resplandores.
La cama era tan dura que estaba entumecido; me movía con dificultad.
Las impresiones del sueño persistían; no dormía y veía lo mismo que había visto dormido.
Durante un largo rato estuve como la loca de Séneca, era ciega y no lo sabía; pedía que la hicieran cambiar de casa porque en la que habitaba no se veía nada.
Yo estaba despierto y no lo sabía.
¡Caramba! ¡cómo cuesta cuando se ha soñado un imperio convencerse al despertar que no es uno emperador!
De tal modo se me había convertido en substancia el sueño del poder, que á no ser los ladridos de unos perros, que despertaron á mis oficiales, creo que me levanto arrastrando el poncho de Mariano Rosas á guisa de imperial manto de armiños.
Unos «Buenos días, mi Coronel», de mi ayudante Rodríguez, me despejaron los sentidos del todo.
Abrí los ojos, que apretaba nerviosamente.