—Hermano—me dijo al entrar, sin moverse,—siéntese y dispense.

—No hay de qué—repuse, sentándome.

—¿Y cómo ha pasado la noche?—me preguntó.

—Muy bien—le contesté.

—¿Y siempre se va hoy?

—Si usted no dispone otra cosa.

—Usted es libre, hermano.

—Bueno; quiero que me diga, ¿qué se le ofrece?

—Hermano, deseo que no me apure por los cautivos que debo entregar.

—Entréguemelos según pueda.