No le contesté.
Trajeron platos y cubiertos y pusieron una olla de puchero de vaca entre él y yo.
Me sirvió un platazo. Comí y callé.
Hacía largo rato que comíamos sin mirarnos ni hablarnos, cuando se presentó un indio, que le habló en araucano con suma vivacidad, y á quien le contestó de igual manera.
Nada entendí; sólo percibí varias veces las palabras: indio Blanco.
Me dió curiosidad.
Pero me dominé; nada pregunté.
El indio se fué.
Continuamos en silencio.