—Eso es—le contesté.

Y para mis adentros dije: Era lo único que me faltaba, que este bárbaro me hiciera instrumento suyo.

No me contestó.

—¿Y, no tiene otra cosa que decirme?—le pregunté.

—Sí, pero lo dejaremos para más tarde—me contestó.

—¿Tendremos tiempo?

—Sí, hemos de tener.

Me quedé callado á mi vez.

En los tres fogones del toldo cocinaban.

—Vamos á almorzar—me dijo, y pidió en su lengua que nos sirvieran.