Y como me dijera todo esto con aire de verdad, pintándose en su fisonomía cierta prevención contra el indio Blanco, le dije en tono amistoso:
—Gracias, hermano.
Seguimos callados.
No me miraba, tenía la vista fija en un zoquete de carne que pelaba con los dedos; me pareció que quería que yo hablara, que le pidiera algo, y resolví no hacerlo.
Volvió el que había ido con el mensaje para el indio Blanco, habló unas pocas palabras y se marchó.
—Dice el indio Blanco que se va para el Toay—me dijo.
—¿Para el Toay?
—Sí, y dice que va á buscar ovejas á la provincia de Buenos Aires, porque están á muy buen precio en Chile.
—¡Pícaro!—exclamé.