—¡Es muy pícaro!—exclamó él.

Seguimos callados.

Al rato me dijo:

—¿Á qué hora es la marcha?

—Á las cuatro—le contesté.

Seguimos callados.

Por fin me dijo:

—¿Y dígame, hermano, usted qué me encarga?

—¿Qué le encargo?

—¡Sí!