—Que se acuerde en todo tiempo de su compadre.
Y esto diciendo me levanté y salí del toldo.
Ordené que todo el mundo se aprestara á marchar, y me fuí á decirles adiós á algunos conocidos que moraban en los toldos vecinos.
Á la hora estuve de vuelta; mi gente estaba pronta, no faltaba sino que arrimaran las tropillas y ensillar.
Hacía un día hermosísimo; íbamos á tener una tarde deliciosa.
Muchos se preparaban para acompañarme.
El desgraciado Macías veía los preparativos recostado en un horcón de mi rancho y su tétrica fisonomía revelaba el sufrimiento de la desesperación.
Me acerqué á él y le dije:
—¡Ten confianza en Dios!
—¡En Dios!—murmuró.