—Sí, ¡en Dios!—le repetí, lanzándole una mirada en la que debió leer el pensamiento:—El que desespera en Dios no merece la libertad,—y entré en el rancho de Ayala.

Me había ofrecido entregarme un niño cautivo que tenía. Era un hijo del comandante Araya, vecino de la Cruz Alta. El pobrecito lo sabía, veía que yo me marchaba por momentos, que nada le decía de prepararse, y sentado en el fogón de mis soldados lloraba desconsolado. Partía el corazón verle.

Ayala me dijo, que no tenía inconveniente en cumplirme su promesa; pero que tenía que avisárselo á Mariano Rosas.

—Y qué, ¿no está prevenido desde el otro día?—le pregunté.

—Sí, sí está.

—¿Y entonces?

—Puede haber cambiado de opinión.

—Bueno, vaya, pues; háblele para que se apronte el niño.

Salió, y volvió diciéndome que era necesario pagar en prendas de plata doscientos pesos bolivianos.