—¿Y qué prendas han de ser?—le pregunté á Ayala.

—Estribos—me contestó.

Mandé en el acto al capitán Rivadavia que se los comprara á uno de los pulperos que había llevado el padre Burela, ofreciéndole en pago una letra sobre Mendoza.

Mientras tanto el pobre cautivo se aprestaba para la marcha con infantil alegría.

Volvió el capitán Rivadavia con los estribos, se los di á Ayala y éste fué á llevárselos á Mariano Rosas.

Volvió cabizbajo.

¡Qué mundo aquél! ¡El cacique había vuelto á cambiar de parecer! Ya no quería sólo estribos; quería cien pesos en prendas y cien en plata.

Se buscaron los cien pesos y se hallaron.

Le entregué todo á Ayala, se lo llevó á Mariano Rosas; al punto estuvo de regreso, contestándome todo cortado que el General había mudado una vez más de parecer.

Me dió un acceso de cólera; vociferé cuanto se me vino á la boca, apostrofando á Mariano é insultándolo, hasta que cediendo á los ruegos de Ayala, que parecía muy contrariado, me calmé un poco.