Para hacerme callar del todo, me dijo en voz baja:

—No me comprometa, mire que estamos rodeados de espías.

Y esto diciendo me señaló unos indios rotosos y mugrientos en quienes nadie reparaba, que estaban por allí acurrucados y echados de barriga en el suelo, como animales.

Con el alma dolorida é irritado de mi impotencia, entré en mi rancho, llamé al hijito de Araya, y con paternal estudio le preparé á recibir el terrible desengaño.

¡Qué contento estaba!

¡Qué mustio y lloroso quedó!

¡Qué fugaces son las horas de la felicidad!

Le abracé, le acaricié, le rogué por sus padres que tuviera valor; le ofrecí rescatarlo pronto, ofrecimiento que cumplí, y hasta que no le vi resignado á su suerte, no me separé de él.

Al salir de mi rancho, Macías me dijo:

—¿Qué te parece?