El astuto vigilante Camilo agachó la cabeza, fijó la vista en tierra, caminó distraído y sin rumbo, al parecer, y por medio de una maniobra casual para quien no hubiera estado en autos, al mismo tiempo que yo entraba en mi rancho, él se recostaba en sus pajizas paredes y por uno de sus resquicios me decía:

—Hay novedad, señor.

—Entra—le contesté,—llamando á varios oficiales y asistentes para que no se notara su entrada.

Entraron unos y otros, les di ciertas órdenes, se retiraron y así que estuvimos solos con Camilo, le pregunté:

—¿Qué hay?

—Acabo de oirles, en el corral, una conversación á unos indios—me contestó.

—¿Qué decían?

—Que nos iban á salir á la cruzada.

—¿Por dónde?