—Por los montes de la Jarilla.
—¿Y qué más decían?
—Que á mí me tenían mucha gana; que yo he muerto muchos indios; que á un capitanejo le he dado un sablazo en la cara, que todavía tiene la cicatriz, que á otro lo hice prisionero y se lo llevaron á Córdoba.
—¿Nada más decían?
—Sí, señor; decían más; que usted me ha traído á mí para burlarse de ellos.
—¿Y saben que me voy hoy?
—Sí, señor, y que va á dormir en el toldo de Ramón.
Me decía esto, cuando una voz que yo no podía oir sin experimentar una conmoción nerviosa, dijo desde la puerta del rancho sin asomarse:
—Con el permiso de su mercé.
No necesitaba dar vuelta y mirar, para ver quién era. No sonaba el acordeón; pero él estaba ahí, con sus notas paradas.