Sin darme tiempo para contestarle y entrando, añadió:

—Dice el General que por qué no va.

—Dile que ya voy—le contesté.

Salió el negro, le pregunté á Camilo que si los indios ésos que habían estado hablando estaban ahí, me contestó que sí; le despedí y pasé al toldo de Mariano Rosas.

Lo que los indios decían de Camilo era cierto.

Varias veces, siendo soldado raso, midió sus armas con los indios, mató algunos, hirió á un capitanejo muy mentado y á otro lo tomó prisionero.

Yo estuve por no llevarle conmigo.

Pero tenía tanta confianza en él, me era tan útil en el campo, por su instinto admirable, que prescindí de los antecedentes referidos y lo agregué á mi comitiva.

Por supuesto que para acabar de probar el temple de su alma, antes de darle la orden de aprontarse para marchar le pregunté si no tenía recelo de ir conmigo á los indios, á lo cual me contestó:

—Señor, donde usted vaya voy yo.