—¿Y si los indios te conocen?—le observé.

—Señor—repuso,—yo no les he peleado á traición.

Entré en el toldo de Mariano Rosas.

Estaba con visitas.

Todos eran indios conocidos, excepto uno en cuya cara se veía una herida longitudinal que si hubiera sido más oblicua, lo deja sin narices.

Mariano Rosas me recibió con más afabilidad que nunca, y después de preguntarme si ya estaba pronto, me dijo, señalando al indio de la herida:

—¿Lo conoce, hermano?

—No—le contesté.

—Ese sablazo se lo ha dado Camilo Arias—agregó.

—Eso tiene andar en guerra—repuse.