—Es verdad, hermano—me contestó.

Oyendo una contestación tan razonable, le referí lo que acababa de decirme Camilo Arias.

No me contestó.

Habló con las visitas, levantando mucho la voz; las despidió con un ademán, y no bien habían salido del toldo, me dijo:

—No tenga cuidado, hermano, nadie lo ha de incomodar en su viaje, ahora estamos de paces.

—Así lo espero.

Y sin darle tiempo á hablar, agregué:

—Hermano, mis caballos están prontos. Deseo me diga qué se le ofrece.

Me hizo una porción de preguntas relativas al Tratado, me anunció en prenda de amistad, una invasión de Calfucurá á la frontera Norte de Buenos Aires por la Mula Colorada, me hizo varios encargos, y terminó pidiéndome, que las partidas corredoras de campo de mi frontera no avanzaran tanto al Sur, como tenían costumbre de hacerlo; fundándose en que eso alarmaba mucho á los indios; porque los que salían á boleadas, cruzaban siempre sus rastros y venían llenos de temores.

Satisfice sus preguntas sobre el Tratado, le ofrecí llenar sus encargos, le prometí que las partidas corredoras de campo harían el servicio de otro modo, y me quedé estudiosamente distraído con la mirada fija en el suelo.