Ayala no contestó, sus ojos se encontraron con los míos.
—Coronel—le dije,—Macías es un pobre hombre, ¿qué ganan ustedes con que esté aquí? Sean ustedes generosos; si él no ha correspondido como debía á la hospitalidad que le han dispensado, perdónenlo, tengan ustedes presente que no es un cautivo, que el Tratado le obliga á mi hermano á dejarlo en libertad y que reteniéndolo me comprometen á mí, le comprometen á él y comprometen la paz que tanto nos ha costado arreglar.
Ayala no contestó, se encogió de hombros.
Mariano Rosas le miró con aire consultivo y le dijo:
—Resuelva, Coronel.
No le di lugar á que contestase y le dije:
—Amigo, piense usted que ese hombre no está aquí por su gusto, y que si ustedes se oponen á que salga, quedará justificado cuanto ha escrito en las cartas que mi hermano me ha hecho leer.
Ayala lo miró á Mariano Rosas como diciéndole: Resuelva usted.
Viendo que vacilaba en contestar, me levanté, y estirándole la mano, le dije:
—Hermano, ya me voy.