La tempestad era inminente.
Ya caían algunas gotas de agua; el viento silbaba, giraba, calmaba, volvía á soplar y remolineaba, azotando con ímpetu fragoroso el bosque umbrío.
Las tropillas se movían circularmente, de un lado á otro y el metálico cencerro mezclaba sus vibraciones con las armonías del viento.
Yo vacilaba entre seguir la marcha ó acampar.
Llamé á Camilo Arias y le pregunté:
—¿Qué te parece, lloverá?
Miró el cielo, siguió el curso de las nubes, le tomó el olor al viento, y me contestó:
—Si calma el viento, lloverá; si no, no.
—¿Entonces, seguiremos?