—Es una voz de hombre—me dijo Camilo.
—¿Se habrá perdido alguien?
—Silbaría, señor.
—¿Y entonces? ¿Será algún indio?
—Puede ser que se haya encontrado con algún tigre. ¡Les tienen tanto miedo!
El viento iba amainando; gruesas gotas de agua caían ya.
—Va á llover, señor—me dijo Camilo.
—Hagamos alto aquí.
Estábamos en un pequeño descampado.