Se retiró, volvió un momento después y me avisó que todo estaba pronto.
Nuestros paisanos hacen algunas cosas con una rapidez admirable.
Las señales consistían en antorchas de pasto seco, atadas en la punta de unos palos largos.
—¡En marcha!—grité,—y cuidado con apartarse de la senda; marchen en hilera; si alguno se separa y se extravía, dé dos silbidos, se le contestará con palmadas; ¡sigan la luz!
Y esto diciendo me puse detrás de Camilo, que hacía de faro ambulante.
Desfilábamos; el huracán bramaba, tronchando los árboles, las baterías eléctricas fulminaban la negra esfera con rápidas intermitencias, el rayo serpenteaba horizontalmente, de arriba abajo, en líneas rectas y oblicuas, descubriendo entre sombras y luz algunas remotas estrellas; el bronco trueno, en incesante repercusión, conmovía la masa aérea impalpable y el alma de los nocturnos caminantes se replegaba sobrecogida sobre sí misma como cuando signos materiales visibles le auguran un peligro cercano.
Oyóse un eco semejante al que saldría de las entrañas de la tierra si los que descansan en eternal reposo exhalaran gemidos desgarradores de profunda desesperación.
Se repitió varias veces.
Unas veces parecía venir de atrás, otras de delante, ya de la izquierda, ya de la derecha.
El camino daba interminables vueltas, buscando el terreno menos gualdaloso y evitando los lugares más tupidos.