No se oía nada.
En medio de la luz del rayo, del trueno bramador y del ruido monótono del agua, estábamos envueltos en un profundo silencio.
Volvióse á oir el eco.
—Gritan—dijo Camilo.
—¿Qué cosa?
—Gritan no más, señor.
—¿Pero qué gritan?
—Gritan ¡eeeeeh!
—¿Será alguno que va arreando animales?
—No me parece, señor.