—¡Escucha! ¡escucha!
El agua disminuía y el viento soplaba con fuerza de nuevo. El cielo se despejaba, las nubes se rarificaban, el rayo y el trueno se alejaban, refrescaba, y un aire más puro y balsámico, dilatando los pulmones, anunciaba la bonanza.
Cesó la lluvia, se serenó el cielo, brillaron las estrellas, la luna asomó su rostro bello y el eco del que gritaba se oyó perceptiblemente.
—Es un cristiano—dijo Camilo.
—Contéstenle.
—¡Aaaaah!—hicieron varios á un tiempo.
—Yo...—pareció oirse otra vez.
No había duda, era un cristiano extraviado en el bosque, quién sabe desde cuándo, que oía el cencerro de las madrinas y desesperado pedía ayuda.
—¿Quién es?—gritaron unos.
—Por acá, otros.