—¡Aaaaah!
Una voz contestó algo que no se pudo comprender bien. Continuamos telegrafiando de esa manera; el improvisado fanal ardía y los ecos de mi gente se perdían por la selva.
De repente se oyó una voz que á varios nos pareció conocida.
—Es el doctor Macías—dijo Camilo.
Efectivamente era su voz, ú otra tan parecida á la suya, que se confundían.
—¡Pronto! ¡pronto! salgan unos cuantos y hagan señas, ordené, previniendo no perdieran de vista el fuego.
La voz seguía oyéndose.
—Es el doctor, señor, volvió á afirmar Camilo, añadiendo: y viene con el caballo muy pesado.
—¿Y en qué le conoces, hombre?