—Si se oyen ya hasta los rebencazos que le da; oiga, señor, oiga.
Mi oído no era de tísico como el suyo.
—¡Macías! ¡Macías!—grité.
—¡Lucio! ¡Lucio!—me contestaron.
Era él.
—¡Por acá! ¡por acá!—gritaban los hombres que acababa de destacar.
Macías se presentó, como nosotros, hecho una sopa.
—¿Y qué es esto?—le pregunté.
—Me quedé atrás por despedirme de algunos conocidos; cuando salí de Leubucó, ustedes iban como á una legua, se divisaba muy bien el polvo, y no quise apurar mi caballo; subía yo al último médano, y ustedes llegaban á la orilla del monte; calculé mal el tiempo, obscureció y me perdí.
—¿Y de qué conocidos tenías que despedirte?