—De algunos indios que más de una vez me dieron de comer.

—¿Y de Mariano Rosas también te despediste?

—Por supuesto, no me ha tratado tan mal.

El esclavo no conoce su condición, sino cuando respira la atmósfera de la libertad, pensé y me dispuse á seguir la marcha.

En Carrilobo me esperaban con una cena en el toldo de Villarreal.

—Señor—me dijo Camilo,—el caballo del doctor está pesadón.

—Que lo muden.

Un instante después caminábamos.

Salimos del bosque y entramos en un campo quebrado y pastoso. Las martinetas se alzaban á cada paso espantando los caballos con el zumbido de su vuelo inopinado y rápido.