Me instaron mucho y tuve que ceder.

Entramos en el toldo, que era grande y cómodo, de techo y paredes pintarrajeadas.

Ardían en él tres grandes fogones.

—Señor—me dijo la mujer de Villarreal,—lo hemos esperado hasta hace un momento con unos corderos asados, pero viendo que era tan tarde y que no llegaba, creíamos que ya no sería hasta mañana y acaban de comérselos los muchachos, que ahora se están divirtiendo; no han quedado más que los fiambres y la mazamorra, ¡siéntense! ¡siéntense! estén ustedes como en su casa.

Nos sentamos alrededor de uno de los fogones, y mientras nos secábamos y comíamos, mandé mudar caballos.

Yo no tenía hambre, en cambio Lemlenyi, Rodríguez, Rivadavia, Ozarowski y los franciscanos parecían animados de un entusiasmo gastronómico.

Trajeron unas cuantas gallinas cocidas y una hermosa olla de mazamorra muy bien preparada, tortas hechas al rescoldo y zapallo asado.

En un extremo del toldo se oía el ruido de la chusma ebria; casi todos los nichos estaban vacíos; en el que estaba detrás de mí dormía una vieja.

Tenía la cabeza apoyada en un brazo arrugado y flaco como el de un esqueleto y descubría un seno cartilaginoso que daba asco.