La cena empezó.

La mujer de Villarreal, viendo que yo no comía, me hizo una seña, se levantó y salió.

Salí tras de ella, y una vez afuera me dijo, con aire confidencial y brillándole los ojos como sólo le brillan á las mujeres cuando un pensamiento picaresco cruza por su imaginación.

—Carmen lo espera.

—¿Y dónde está mi comadre?

—Allí.

Me indicaba un toldo vecino.

Llamé á un soldado para que me acompañara; lo confieso, tenía miedo de los perros; y mientras mis compañeros llenaban el precioso hueco del estómago fuí á hacer la visita prometida.

El hombre debe tener palabra con las mujeres, aunque ellas suelen ser tan pérfidas y tan malas; las cosas han de tener algún fin.