Estudiándolas y analizándolas, las hallaba físicamente perfectas; espiritualmente me parecían monstruosas.
¡Qué cabellos, qué ojos, qué boca, qué tez, qué gentileza tienen algunas!
Son hermosas como Niobe, dignas del amor de un dios olímpico.
Cualquier mortal daría cien vidas por ellas si cien vidas tuviera.
Y muriendo, todavía encontraría dulce la muerte después de tan supremo bien.
¡Pero qué corazón tienen!
Son inconmovibles como las rocas, frías como el hielo, volubles como el viento, olvidadizas como la mentira.
¡Qué feas, qué desairadas son otras!
Nadie repara en ellas.
Pero acercaos á su lado, oídlas, tratadlas.