Eché, pues, pie á tierra, me instalé en el espacioso salón, donde Ramón tenía la fragua de su platería, se acomodaron los caballos, se recogieron de la huerta zapallos y choclos en abundancia, se hizo fuego; cenamos y nos acostamos á dormir alegres y contentos, como si hubiéramos llegado al palacio de un príncipe y estuviéramos haciendo noche en él.
¡Cuán cierto es que el arte de la felicidad consiste en saber conformar los deseos á los medios y en desear solamente los placeres posibles!
NOTAS:
[4] Sí, amiga adorada aunque inconstante, en vano no me amarás ya: es para mí un consuelo saber que el recuerdo de nuestro amor no se borrará de tu corazón.
Sí, será para mí un triunfo, y ahogaré las penas de mi alma pensando que, seas lo que seas, te vuelvas lo que te vuelvas, tú has sido mía y sólo mía.
XXVIII
El sueño no tiene amo.—El toldo de Ramón nada deja que desear.—Una fragua primitiva.—Diálogo entre la civilización y la barbarie.—Tengo que humillarme.—Se presenta Ramón.—Doña Fermina Zárate.—Una lección de filosofía práctica.—Petrona Jofré y los cordones de Nuestro Padre San Francisco.—Veinte yeguas, sesenta pesos, un poncho y cinco chiripáes por una mujer.—Rasgo generoso de Crisóstomo.—El hombre ni es un ángel ni una bestia.
Un proverbio negro dice: el sueño no tiene amo.