Todos dormimos perfectamente bien.

El cansancio nos hizo hallar deliciosa la morada del cacique Ramón.

Cuando yo me desperté eran las ocho de la mañana; mis compañeros roncaban aún con una expansión pulmonar envidiable.

Llamé un asistente, pedí mate y me quedé un rato más en cama gozando del placer de no hacer nada, placer tan combatido y censurado cuanto generalmente codiciado.

Según un amigo, pensador no vulgar y egregio poeta, no hacer nada es descansar. Así él sostiene que el día es hecho para eso y la noche para dormir.

¡Lástima que un mortal de gustos tan patriarcales, que sería dichoso con muy poca cosa, se vea condenado como tanto hijo de vecino, á la dura ley del trabajo, cuando innumerables prójimos desperdician lo superfluo y aun lo necesario!

¡Qué hacer! el mundo está organizado así y el Eclesiastés, que sabe más que mi amigo y yo juntos, dice:

«El insensato tiene los brazos cruzados y se consume diciendo:

«Lleno el hueco de una mano, con reposo, vale más que las dos llenas con trabajo y mortificación de espíritu.»

Con la luz del día examiné el lecho en que había dormido tan cómodamente, como en elástica cama á la Balzac provista de sus correspondientes accesorios, almohadones de finísimas plumas y sedosos cobertores. Eran unos cueros de potro mal estaqueados y unas pieles de carnero, la cabecera un mortero cubierto con mis cojinillos.