—Y bien, si entiendes, dime, ¿cómo lo harías?

—¿Cómo lo haría?

—¡Sí, hombre, por Dios! parece que te hubiera puesto un problema insoluble.

—No digo eso.

—¿Entonces?

—Es que...

—¡Ah! es que eres un pobre diablo, un fatuo del siglo XIX, un erudito á la violeta, un insensato que no quieres confesar tu falta de ingenio.

—¿Yo?...

—Sí, tú, has entrado en el miserable toldo de un indio á quien un millón de veces has calificado de bárbaro, cuyo exterminio has preconizado en todos los tonos, en nombre de tu decantada y clemente civilización, te ves derrotado y no quieres confesar tu ignorancia.