—¿Mi ignorancia?
—Tu ignorancia, sí.
—¿Quieres acaso que me humille?
—Sí, humíllate y aprende una vez más que el mundo no se estudia en los libros.
Incliné la frente, me acerqué á la fragua, cogí el manubrio de ambos fuelles, los que estaban colocados en la misma línea horizontal, tiré, aflojé y se levantó una nube de ceniza.
Eran feos; pero surtían el efecto necesario, despidiendo una corriente de aire bastante fuerte para inflamar el carbón encendido.
Todo era obra del mismo Ramón; invento exclusivo suyo.
Con una panza seca de vaca y sobada había hecho una manga de una vara de largo y un pie de diámetro; con tientos la había plegado, formándole tres grandes buches con comunicación; en un extremo había colocado la mitad del cañón de una carabina y en el otro un tarugo de palo labrado con el cuchillo; el cañón estaba embutido en la fragua y sujeto con ataduras á un piquete. Naturalmente, tirando y apretando aquel aparato hasta aplastar los buches, el aire entraba y salía produciendo el mismo efecto que cualquier otro fuelle.
Pensaba el tiempo que habría empleado yo con todos los recursos de la civilización, si por necesidad ó afición á las artes liberales me hubiese propuesto hacer un fuelle; se me ocurría que quizás habría tenido que darme por derrotado, cuando un cautivo, blanco y rubio, de doce á catorce años, entró en el galpón y después de saludarme con el mayor respeto tratándome de usía, me dijo:
—Dice el cacique Ramón que si se le puede ver ya; que cómo ha pasado la noche.