Le contesté que estaba á su disposición, que podía verme en el acto, si quería, y que había dormido muy bien.
Salió el cautivo, y un momento después se presentó Ramón, vestido como un paisano prolijo, aseado que daba gusto verle; sus manos acostumbradas al trabajo, parecían las de un caballero, tenía las uñas irreprochablemente limpias, ni cortas ni largas y redondeadas con igualdad.
No estuvo ceremonioso.
Al contrario, me trató como á un antiguo conocido, me repitió que aquella era mi casa, que dispusiera de él, me anunció que ya me iban á traer el almuerzo, que más tarde me presentaría á su familia y me dejó solo.
En seguida volvió, se sentó y trajeron el almuerzo.
Era lo consabido, puchero con zapallo, choclos, asado, etc.
Todo estaba hecho con el mayor esmero; hacía mucho tiempo que yo no veía un caldo más rico.
Durante el almuerzo hablamos de agricultura y de ganadería.
El indio era entendido en todo.
Sus corrales eran grandes y bien hechos, sus sementeras vastas, sus ganados mansos como ninguno.