Es fama que Ramón ama mucho á los cristianos; lo cierto es que en su tribu es donde hay más.

Una de sus mujeres, en la que tiene tres hijos, es nada menos que doña Fermina Zárate, de la Villa de la Carlota.

La cautivaron siendo joven, tendría veinte años; ahora ya es vieja.

¡Allí estaba la pobre!

Delante de ella, Ramón me dijo:

—La señora es muy buena, me ha acompañado muchos años, yo le estoy muy agradecido, por eso le he dicho ya que puede salir cuando quiera volverse á su tierra, donde está su familia.

Doña Fermina le miró con una expresión indefinible, con una mezcla de cariño y de horror, de un modo que sólo una mujer observadora y penetrante habría podido comprender, y contestó:

—Señor, Ramón es un buen hombre. ¡Ojalá todos fueran como él! Menos sufrirían las cautivas. Yo, ¡para qué me he de quejar! Dios sabrá lo que ha hecho.

Y esto diciendo se echó á llorar, sin recatarse.