Aquí me vi sumamente embarazado.
Hubiera previsto todo, menos argumento como el que se me acababa de hacer.
—Hermano—le dije,—eso no se ha de hacer nunca, y si se hace, ¿qué daño le resultará á los indios de eso?
—¿Qué daño, hermano?
—Sí, ¿qué daño?
—Que después que hagan el ferrocarril, dirán los cristianos que necesitan más campos al Sud, y querrán echarnos de aquí, y tendremos que irnos al Sud de Río Negro, á tierras ajenas, porque entre esos campos y el Río Colorado ó el Río Negro no hay buenos lugares para vivir.
Doblando el diario y dándoselo, le contesté:
—Eso no ha de suceder, hermano, si ustedes observan honradamente la paz.
—No, hermano, si los cristianos dicen que es mejor acabar con nosotros.
—Algunos creen eso, otros piensan como yo, que ustedes merecen nuestra protección, que no hay inconveniente en que sigan viviendo donde viven, si cumplen sus compromisos.