Las dos chinitas sabían que eran bonitas; coqueteaban como lo hubieran hecho dos cristianas.
Ramón es muy conversador, no me dejaban conversar con él; el lenguaraz trabucaba sus razones y las mías.
¡Qué maldita condición tienen nuestras caras compañeras!
Con su permiso diré, que son como los gatos: antes de matar la presa juegan con ella.
—¡Spañol! ¡Spañol!—gritó Ramón.—El cautivo blanco y rubio se presentó. Recibió órdenes, se marchó y volvió trayendo cubiertos y platos.
Sirvieron la comida.
Yo acababa de almorzar. Pero no podía rehusar el convite que se me hacía. Me habría desacreditado.
Comí, pues.
El cautivo no le quitaba los ojos á Ramón; éste lo manejaba con la vista.
—¿Cómo te llamas?—le pregunté, creyendo que las palabras ¡Spañol! ¡Spañol! tenían una significación araucana.