Llegaron algunas visitas. Tuve que recibirlas. Entre ellas venía el padre de Ramón, un indio valetudinario y setentón. Me contó su vida, sus servicios, me ponderó sus méritos con un cinismo comparable solamente al de un hombre civilizado; me dijo que había abdicado en su hijo el gobierno de la tribu, porque Ramón era como él, me hizo mil ofertas, mil protestas de amistad y por último me pidió un chaquetón de paño forrado en bayeta.
Me avisaron que la carneada estaba hecha; mandé arrimar las tropillas y le previne á Ramón que ya pensaba marcharme, á lo cual contestó que yo era dueño de mi voluntad; que cómo había de ser, si no podía hacerle una visita más larga y que iba á tener el gusto de acompañarme con algunos amigos hasta por ahí.
Le di las gracias por su fineza, le manifesté que para qué quería incomodarse, que no hiciera ceremonia, y me respondió que no había incomodidad en cumplir con un deber, que quizá no nos volveríamos á ver.
Yo no tenía qué replicar.
Pensé un momento para mis adentros, que en Carrilobo soplaba un viento mucho mejor que en Leubucó, como que Ramón no tenía á su lado cristianos que le adularan; que era el indio más radical en sus costumbres; el que me había recibido más á la usanza ranquelina, era el que se manifestaba á mi regreso más caballero y cumplido; y acabé por hacerme esta pregunta: ¿El contacto de la civilización será corruptor de la buena fe primitiva?
Sentí el cencerro de las tropillas que llegaban, mandé ensillar y le dije á Ramón:
—Bueno, amigo, ¿qué tiene que encargarme?
—Necesito algunas cosas para la platería—me contestó.
—Yo se las mandaré, y esto diciendo saqué mi libro de memorias para apuntar en él los encargos—añadiendo,—qué son: