Ramón había ido enumerando las palabras anteriores, sin necesidad de lenguaraz, pronunciándolas correctamente.
Al oirle decir atíncar, le pregunté:
—¿Atíncar?
—Sí, atíncar—repuso.
—Dígame el nombre en lengua de cristiano.
—Así es, atíncar.
Iba á decirle: ése será el nombre en araucano; pero me acordé de las lecciones que acababa de recibir, de mi humillación en presencia del fuelle, de mi humillación ante doña Fermina, discurriendo como un filósofo consumado y en lugar de hacerlo, le pregunté:
—¿Está usted cierto?
—Cierto, atíncar es, así le llaman los chilenos; y esto diciendo se levantó, se acercó á la fragua, metió la mano en un saquito de cuero que estaba colgado al lado de la horqueta de una tijera del techo, y desenvolviéndolo y pasándomelo, me dijo:
—Esto es atíncar.