Los cristianos les enseñan más cosas, á trotar más lindo; nosotros los amansamos mejor.

—Hasta en esto—dije para mis adentros,—los bárbaros pueden darles lecciones de humanidad á los que les desprecian.

Ramón me había acompañado como una legua.

—Hasta aquí no más—le dije, haciendo alto.

—Como guste—me contestó.

Nos dimos la mano, nos abrazamos y nos separamos.

Su comitiva me saludó con un ¡hurrah!

—¡Adiós! ¡adiós!—gritaron varios á una.

—¡Adiós! ¡adiós! ¡amigo!—gritaron otros.

Y ellos partieron para el Sur, y nosotros para el Norte, envueltos en remolinos de arena que obscurecían el horizonte como negra cortina.