Las lecturas más largas son ésas en las que no hay alteración ni en la cadencia ni en la dicción.
El autor de la tragedia Leonidas había invitado varios de sus amigos para leerles una nueva composición.
Nadie se hizo esperar.
Á la hora convenida doce jueces selectos, entre los que había algunos académicos, se hallaban reunidos ocupando cómodos sillones, y enfrente de ellos, con una mesa por delante, el poeta.
La lectura empezó leyendo el mismo autor, que poseía el arte de hacer magníficos versos; pero que no sabía leer.
Leía con una voz sepulcral monótona é invariable.
Durante la primera media hora la amistad soportó el suplicio, aplaudiendo los dos primeros actos.
Terminaba el tercero, y como el autor no oyese la más leve muestra de aprobación, levantó la vista del manuscrito, y echando una mirada á su alrededor, encontró que el auditorio dormía profundamente.
Comprendiendo lo que había pasado, apaga las luces, y en lugar de continuar leyendo, se pone á declamar á obscuras el resto de la tragedia que sabía de memoria.
La lectura en alta voz y la declamación son dos artes diferentes.