—Es un indio que corre un perro.

—Ha de ser Brasil que se ha de haber escapado—exclamaron varios á una.

Y los dos franciscanos:

—¡Pobrecito! ¡Cuánto me alegro!

Y esto diciendo, me miraron como reprochándome una vez más lo que había hecho en Carrilobo.

Mi pecado no era grande, empero.

Estábamos conversando con Ramón en su toldo, cuando el valiente Brasil,—hablo del perro—vino mansamente á echarse á mi lado, mirándome como quien dice: ¿cuándo nos vamos de esta tierra? meneando al mismo tiempo la cola como un plumero, como cuando con una sonrisa afable ó con una palmada cariñosa queremos neutralizar el efecto de una frase picante.

No sé si lo he dicho, que Brasil, á más de ser muy guapo, era un can gordo y macizo, de reluciente pelo color oro muy amarillo.

Pero sí recuerdo haber dicho estando allá por las tierras de mi compadre Baigorrita, que los perros de los indios pasan verdaderamente una vida de perros. Siempre hambrientos, se les ven las costillas, tal es su flacura; parece que no tuvieran carne ni sangre; diríase al verlos, que son habitantes fósiles de las remotas épocas antediluvianas, en que sólo vivían disecados por una temperatura plutoniana los enroscados amonitas y los alados y cartilaginosos pterodáctilos de largo pescuezo y magna cabeza.