Ramón enamoróse de la magnificencia de Brasil, cuya gordura contrastaba con la estiptiquez de sus perros, lo mismo que un prisionero paraguayo con un morrudo soldado riograndés.

—¡Qué perro tan gordo, hermano—me dijo,—y qué lindo! y los míos ¡qué flacos!

—No les dará de comer, hermano—le contesté.

—¡Pues no!

—¿Y qué les da de comer?

—Lo que sobra.

Lo que sobra, dije yo para mis adentros. Y sabiendo que los indios se comen hasta la sangre humeante de la res, pensé: Yo no quisiera estar en el pellejo de estos perros, recordando que alguna vez había tenido envidia de ciertos perritos de larga lana y lúbricos ojos, que algunas damas de copete y otras que no lo son, adoran con locura, durmiendo hasta con ellos, tal es el progreso humanitario del siglo XIX, progreso que si sigue puede hacer que el año 2000 un perro se llame Monsieur Bijou, Mister Pinch ó el señor don Barcino.

Y dirigiéndome á mi interlocutor, repuse:

—Eso no basta.