Al atarle la soga en el pescuezo me miré en la niña de sus ojos, que parecían cristalizados.

Y me vi horrible, y á no ser la palabra empeñada, me habría creído infame.

Brasil se dejó atar humildemente á un palo.

Intentó ladrar y le hice callar con una mirada severa y un ademán de silencio.

Al abandonar el toldo de Ramón entré en él á despedirme de su familia.

El movimiento que reinaba, dijo claramente al instinto del animal que su libertad había concluido; viéndome salir sin él, prorrumpió en alaridos que desgarraban el corazón.

¡Quién sabe cuánto tiempo ladró!

Probablemente no se cansó de ladrar y Ramón, cansado de sus lamentaciones, le soltó viéndonos ya lejos.

Brasil se dijo probablemente también, viéndose suelto:

Ils vont, l'éspace est grand, pero yo les alcanzaré, y se lanzó en pos de nosotros huyendo de aquella tierra donde los de su especie le habían hecho perder la buena opinión que tuviera de la humanidad.