Los dos polvos avanzaban hacia nosotros con celeridad.
Teníamos la vista clavada en ellos.
De repente, la nube más cercana se condensó y Camilo Arias gritó:
—¡Ahí lo bolean!
Lo confieso, persuadido de que era Brasil que venía hacia nosotros, las palabras de Camilo me hicieron el mismo efecto que me habría hecho en un campo de batalla ver caer prisionero á un compañero de peligros y de glorias.
Los buenos franciscanos estaban pálidos, mis oficiales y los soldados tristes.
El mal no tenía remedio.
—Vamos—dije, y partí al galope.
—¿Y qué, lo dejamos?—exclamaron los franciscanos.
—Vamos, vamos—contesté; y una idea fijó mi mente, mortificándome largo rato.